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"No hay niños tristes cuando juegan al fútbol"

“Los niños ciegos remplazan el balón por una caja de lata y juegan con el ruido”. Juan Manuel Roca.

Se aprende a jugar fútbol al mismo tiempo que a gatear, caminar y balbucir las primeras palabras.

La pelota es, como para Sísifo, la roca, la cosa, la razón de ser. Sólo hay movimientos, juegos, aventuras y caídas. Jugar fútbol es vida porque cuando se “domina el útil” se domina a sí mismo, al otro y al mundo y el balón ya no rebota como loco: hacer la 31, la 101, tirar el balón al cielo para que Dios, el azar o las nubes, con sus mágicas figuras, lo acaricien, lo devuelvan convertido en aleluya, en poema o en mudez. Quien domina el balón ya no estará solo porque “la pecosa” es una buena compañía, tirarla hacia arriba es un gesto extraño porque siempre caerá, la esperamos, la sabemos de vuelta, pero hay que buscarla, hay que ir en su encuentro. Jugar fútbol es llegar al lenguaje. Las primeras palabras aprendidas —sin cartillas— son teta, mamá y gol. Once letras que pulen el carácter y dan forma(ción). Once letras que arropan y alimentan el espíritu.
 Jugar fútbol es vida porque es gratuito y lo practican los seres humanos, aunque tengan limitaciones. Jugar fútbol es vida porque es un arte en el que nadie quiere perder, nadie se quiere ir, nadie quiere que lo interrumpan. En el ejercicio de chutar habitamos el odio, el amor, la locura, la cordura, la vida y la muerte. Allí donde hay fútbol afloran la risa y las lágrimas. Chutar es un verbo, pero parece un adjetivo porque en cada chutada se nos van los amigos, el tiempo, los recuerdos, los amores, la vida. Cada chutada es como saltar en la golosa que dibujó Cortázar para alcanzar un cielo que cada uno ha imaginado. ¿Existe un lugar en el mundo en el que no se juegue fútbol? No, no existe. 
 Nacimos con el balón, nos enseñan a caminar con balón, nos educan para que escribamos balón, aunque después nos digan que “ya no más fútbol en esta casa, por amor a Dios”. Pedir teta es pedir mamá y pedir gol es pedir balón. Una comunión ética, estética y cosmética con la gratitud. Gracias madres porque nos dieron el valor de inventar, nos alimentaron, nos dieron gol como hostia, como espinaca, como vitamina, pero, además, la posibilidad de ver a los virtuosos con el balón. Hay fútbol hasta en Tuvalu, Nauru, Tonga y Vanuatu, lugares que difícilmente vemos en los mapas. Allí, aunque no haya teta, hay balón, gol y arquitos construidos amorosamente por madres a las que les han metido muchos goles. El balón tiene alma femenina, por eso jugar fútbol es vida, es canción de iniciación, es ritual de conjuro, es conseguir un amigo, aunque sea imaginario. No hay niños tristes cuando juegan fútbol. Nacer es llegar al fútbol y a las primeras 11 letras: teta, mamá, gol. 
Artículo seleccionado de:
Juan Carlos Rodas Montoya | Elespectador.com

- Por: José M - Artículo: "No hay niños tristes cuando juegan al fútbol"
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