Quieren figuras antes que jugadores. El dedo apunta y apunta a ellos: los padres, que con su actitud eruptiva, vehemente de más, hacen del campo un ring e incendian los partidos. Insultos, vociferaciones, quejas. La munición es inagotable y se sirve subida de tono. Llegado un momento el niño atiende más al padre que al balón, se siente presionado y acaba inflamado por la metralla que le llega de la grada. Salta la chispa. Una falta casi inapreciable, un roce mínimo, cualquier lance del juego ya no es lance, sino mecha. El niño, aturdido primero, hierve después. Llega el rifirrafe, la gresca. Se arma el taco. Así ocurre hasta en un 80% de los casos. La mecha existe y se sabe quién empuña el mechero: ¿Los propios jugadores? No. Los mismos padres.
El gran número de conflictos en el deporte infantil, con casos tan frecuentes como virulentos, hizo saltar las alarmas en la Federación Regional de Fútbol, que hace un año puso en marcha una campaña para educar a los padres. Las quejas de los clubes eran torrenciales. No podían hacer nada. «Un año después hemos constatado lo que nos temíamos: los padres son el principal problema. Hasta un 80% de los tumultos nacen en ellos», dice Bartolomé Molino, presidente del Comité Antiviolencia y principal responsable de la campaña, respaldada también por la Dirección General de Deportes.
Una pila de informes, y un año da para muchos, no deja lugar a dudas. Hasta diez informadores se encargan cada semana de 'taquigrafiar' los campos de la Región, en partidos que van desde Preferente hasta las categorías de menor edad. Escogen los campos al azar y sin previo aviso. Nadie en el club lo sabe. Durante el partido recogen lo que se dice, se quedan con quién, atienden si también los directivos o empleados del club incitan a actitudes reprensibles. Con todo ello elaboran un informe que el Comité Antiviolencia analiza cada semana.
El único problema es que el Comité no tiene capacidad coercitiva sobre los padres: «No podemos actuar directamente sobre ellos. Lo que hacemos es dar un aviso al club para que tome medidas. Si la violencia parte de un directivo o un jugador, entonces sí actuamos. Proponemos sanciones», dice Molino.
Un dato curioso: «Aun a riesgo de que me tachen de machista, los informes prueban que las madres, en un alto grado, son más viscerales que los padres. Gritan más y de forma más desaforada porque comprenden menos que su hijo está en un deporte de contacto, donde existen faltas, roces o pequeños encontronazos». En categorías inferiores los campos son pequeños y el público escaso. Resultado: todo se oye, nada escapa al oído. «Hay insultos para todos los gustos», aclara Molino. ¡Dale fuerte! es uno de los 'gritos de guerra' más oídos. No es el que peor suena, porque no es un insulto, pero encierra más hostilidad que cualquiera de ellos, porque incita a una agresión directa.
El grito de auxilio llega muchas veces de los propios clubes, en ocasiones reductos de tamaño poco más que familiar en el que hay demasiada confianza para la reprimenda. «No se atreven. Muchas veces son clubes donde se conocen todos, jugadores, directivos y padres. No quieren meterse en problemas con el vecino al que luego ven todos los días en la calle», explica el presidente del Comité Antiviolencia.
También charlas ¿Qué hacer entonces? Tachada la casilla de multa, queda agarrarse a la palabra: educar. La campaña de la Federación se ha completado con charlas a los padres en las escuelas que lo han pedido. «Hay que concienciar. No nos queda otro remedio. Hacer ver a los padres que una actitud beligerante en la grada no ayuda al niño, más bien lo frena», dice Molino.
Más que en un campo, el niño juega al fondo de una olla a presión. Los informes lo refrendan: el padre espectador es en muchos casos un padre en pie de guerra. Sus gritos son de todo menos didácticos, porque no ayudan al jugador, lo encrespan y a una edad que necesita aprender antes que ganar. Donde debería tener un profesor, hay un chillido. El peor ejemplo.
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No sé cómo decírtelo. Seguramente crees que lo estás haciendo por mi bien, pero no puedo evitar sentirme raro, molesto, mal. Me regalaste un balón cuando apenas empezaba a andar. Aún no iba a la escuela cuando me apuntaste al equipo. Me gusta entrenar durante toda la semana, bromear con los compañeros y jugar el Domingo como lo hacen los equipos grandes. Pero cuando vas a los partidos... no sé. Ya no es como antes. Ahora no me das una palmada cuando termina el partido, ni me invitas a un bocata. Vas a la grada pensando que todos son enemigos; insultas a los árbitros, a los entrenadores, a los jugadores, a otros padres...¿Porqué has cambiado? Creo que sufres y no lo entiendo.Me repites que soy el mejor, que los demás no valen nada a mi lado, que quien diga lo contario se equivoca, que sólo vale ganar. Ese entrenador del que dices que es un inepto es mi amigo, el que me enseñó a divertirme jugando El chaval que el otro día salió en mi puesto, ¿te acuerdas?, sí, hombre, aquel a quien estuviste toda la tarde criticando porque "no sirve ni para llevarte la bolsa" como tú dices. Ese chico está en mi clase. Cuando lo vi el lunes, me dió vergüenza.No quiero decepcionarte. A veces pienso que no tengo la suficiente calidad, que no llegaré a ser profesional y a ganar cientos de millones, como tú quieres.Me agobias. Hasta he pensado en dejarlo; pero me gusta tanto...Papá, por favor, no me obligues a decirte que no quiero que vengas más a verme jugar. |

Suscribo coma por coma el artículo, los padres deberían estar en el quinto anfiteatro donde no pudieran ser vistos ni oídos por los pequeños y que pudieran jugar tranquilos sin interferencias, solo pendientes del balón.
ResponderSuprimirAunque eso también se puede aplicar a algún que otro entrenador, muchas veces están mas pendientes del banquillo que del balón.